Ellos se juntan, se saludan, hacen como que no se ven. Se ponen las botas de diseño, se visten en plan normal-calculado. Casual lo llaman. Con una gestión perfecta del timing, los saludos son distantes, como despedidas, como la puerta giratoria, de entrada y salida de nuevos miembros, que impide que el interior pierda su temperatura ambiente. Sin compromiso, casi sin tocarse, se reproducen entre ellos. Y, todo ello, lo que produce es La Diferencia.
La Diferencia es fundamentalmente estética, el producto estrella de todo grupo o tribu social, sean éstos siniestros, emos, rastas, o amantes del arte.
Para gran parte del público de las grandes inauguraciones, el arte no es más que la esteticización de la brecha que les separa como grupo social diferenciado. Singularizado por el poder de decisión que acumula, este colectivo se parapeta detrás del arte, utilizándolo como muro de contención. De él depende su seguridad, su supervivencia: su identidad, en definitiva.
Lo que hacemos es proteger La Cultura, dicen ellos, haciendo como que admiran sus muros y lo que de ellos cuelgan para hacer bonito. Pero ese arte, esa cultura, no es más que la rolliza cicatriz mal curada tras los injertos sin vida que la institución opera.
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